Sentimientos que brotan en la oficina.

Quedaron atrás los tiempos en los que en el trabajo había que ocultar lo que se siente.


Seguimos en el buen camino, aunque con algunas sorpresas propias de estos tiempos cambiantes. Se ha descubierto que las emociones existen también dentro de las empresas. Parece que antes no. El concepto en boga era que los hombres y las mujeres que trabajaban debían dejar sus emociones afuera porque éstas no tenían cabida dentro de la organización. Un apasionado por su vida, por ejemplo, tenía que ser excluido del circuito interno, excepto que lo manifestara respecto de mayores ventas o incremento de la producción. Aquí sí las emociones tenían su lugar. Eran reconocidas y premiadas.


Pero aquellos muñecos requeridos, insensibles a cualquier otro estímulo extra empresarial, han cobrado vida como en los cuentos infantiles. Se convirtieron en seres vivientes con sentimientos, alegrías, expectativas, necesidades, angustias y euforias. Se ha producido una rebelión silenciosa a través de una multitud de líderes anónimos, reclamando mejores condiciones de trabajo en los que se respeten sus tiempos personales. No hubo necesidad de piquetes, ni huelgas o brazos caídos. Simplemente, se retiran del juego declarando: "Esto no es lo mío. Búsquense a otro". Ningún manual de negociaciones laborales lo había previsto.



SALARIO EMOCIONAL
Rápidamente, la novedad fue bautizada. Se llama, ahora, el "salario emocional". De algún modo había que encajarlo dentro del sistema, hacerlo comprensible, y nada mejor que incluirlo dentro del régimen de la administración de las remuneraciones bajo el rótulo de "incentivos". Lo que se aporta tiene costo y hay que hacerlo visible en la cuenta de resultados. No es fácil. La medición de la alegría por disponer de tiempo libre no tiene, hasta el momento, valores transables en el mercado. Como se sabe, aquello que no pueda ser volcado a números queda bajo firme sospecha de inexistente, lo que es un problema serio. Todo lo que se refiere a sentimientos puede desaparecer bajo esta óptica.


Esto se manifiesta dramáticamente en las relaciones personales. Cualquier miembro de una pareja de enamorados se encontraría inhibido de preguntar "¿cuánto me querés?". Si la respuesta es "mucho", no sirve. Habría que convertirlo en metros, quintales, pesos o dólares para tener una idea más precisa. Puede intentarse una cifra: "Te quiero 100 kilos", lo que habilita que el otro exclame, escandalizado, duplicando la cifra: "¿Nada más? ¡Yo te quiero no menos de 200 kilos!".


Pero a no desmayar, que ya hay intentos de cuantificaciones. Una consultora, Compensa Capital Humano, ha iniciado un trabajo "para averiguar cuánto vale realmente el salario emocional en la compensación total e identificar el grado de conocimiento y aceptación de las diferentes políticas sociales implantadas en una organización". Más específicamente, se intenta identificar económicamente cuánto vale para un empleado la formación, el hecho de que pueda expresar ideas, una buena relación con su jefe y con el ambiente laboral, autonomía y flexibilidad de horarios, reconocimientos, etcétera.


Todos estos ítems motivadores tienen tanta antigüedad como la existencia del hombre mismo sobre la tierra y ha sido motivo de sistematización en muchas oportunidades por estudiosos de distintas vertientes del pensamiento. El hecho de tener historia no descalifica la intención de aplicarlos, sin importar el nombre que le pongamos.


FUENTE: La Nación

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